“No me gasto ese dinero en un móvil”, ¿un móvil? bienvenido a 2017 ¡despierta!

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Seguro que la frase que reza el título de este nuevo artículo de opinión es más familiar que una cara para FaceID para todos los que lo estáis leyendo.

Pues sí, aunque hace años que los smartphones aterrizaron en nuestras vidas, aun encontramos gente incluso con conocimientos un poco más amplios de tecnología que un usuario raso que sigue llamándolo “móvil”.

Y tengo que reconocer que incluso yo mismo lo hago en alguna ocasión por la simple brevedad de la palabra, no por otra cosa, en lo que encuentro muy acertado el nombre de nuestro querido dispositivo, “el iPhone”, ya que cuesta lo mismo que decir “el móvil”, esta gente piensa en todo.

Y llega el momento de “la frase”

Esta frase, que aparece reiteradamente y por sorpresa en multitud de conversaciones y que te da una bofetada fría y seca en la cara según la escuchas normalmente es precedida por “cuanto te ha costado esto” cuando alguien te coge para toquetear tu iPhone.

El uso de los dispositivos móviles está siendo una segunda revolución mucho más fuerte si cabe que la informática vivida a principios de los 90, que por razones obvias ha permitido popularizarse a través de dispositivos de todos los precios para obtener un alcance mundial.

La historia que a veces olvidamos

Tenemos dispositivos de todos los precios en los que se han delegado multitud de servicios casi sin darnos cuenta y que hace solo 7 años era una verdadera utopía. Pero incluso basado en objetos de uso cotidiano como un reproductor MP3, una cámara compacta para tomar fotos, una agenda, una cámara de vídeo, altavoz portátil, equipo para tareas básicas de navegación ofimática… en definitiva, un todo en uno, debemos comprender que su uso hoy es tan extenso que el 100% de los usuarios encuentran refugio a sus necesidades dentro de un terminal que se ajuste a su requerimiento.

Mencionando únicamente de refilón el término de seguridad, hasta el más básico de los usuarios comprende que como en todo producto del mercado existen gamas, y que el precio del mismo no se basa únicamente en el material que recibes, sino el coste de su desarrollo. Contar con un producto redondo con un soporte tan extenso y que se apoya en un software enormemente rígido son algunos de los argumentos más firmes en los que se sustenta la decisión de usar un iPhone, Mac o cualquiera de los maquiavélicos y conspirativos artilugios paridos por Cupertino.

Desde el respeto mutuo pero sin olvidar lo importante

Dentro de esta premisa sin flecos, aun hoy se encuentra gente que vive inmerso en esta frase. Quede constancia de que la decisión acerca de qué terminal y rango de precio uno quiere ser partícipe de la revolución es totalmente libre y respetable, debe ser una situación recíproca para quien decidimos que queremos (que no siempre es sinónimo de necesitamos) el terminal de más alta gama del mercado.

Comentado queda ya lo que un smartphone puede hacer por nosotros, y que representa una conjunción de un buen puñado de artículos de los que hoy día prescindimos (excepto algún irreductible).

Rizando el rizo

Y voy a ir más allá (como siempre) incluso el término smartphone es ya una nomenclatura manida y pasada que suena a la década pasada que habría que revisar. No digo que no sea técnicamente precisa, sino que como otras como las “phablet” para terminales de 5,5″ desapareció de nuestro glosario, quizá sea hora de empezar a pensar en una nueva forma de referirnos a algo que fue un teléfono con muchas cosas a muchas cosas con función de teléfono.

En conclusión, que tan pasado y desgastada, sobada, ajada y trillada está la molesta frase “no me gasto X en un móvil”, utilizada en el 99% de las ocasiones por quien ni saben ni conocen y mucho menos aprecian como el término con el que nos referimos hoy día a estos verdaderos asistentes personales con inteligencia propia… síiiiii, y teléfono.

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